PINTAR LAS NEURONAS DE CELESTE Y BLANCO
La batalla por el conocimiento, la inteligencia artificial y la soberanía tecnológica
Existe una nueva disputa por el poder mundial que todavía no siempre es visible para la mayoría de la sociedad.
No ocurre únicamente en los campos de batalla, en los mercados financieros o en las rutas marítimas.
También ocurre dentro de los sistemas de conocimiento.
En los laboratorios.
En las universidades.
En los centros de datos.
En los semiconductores.
En los algoritmos.
Y, cada vez más, en la capacidad de una nación para producir y controlar inteligencia.
Podemos pensar esta transformación a través de dos imágenes: la neurona celeste y la neurona blanca.
La primera representa la inteligencia humana: científicos, investigadores, ingenieros, estudiantes, técnicos y profesionales capaces de producir conocimiento.
La segunda representa la infraestructura que permite convertir ese conocimiento en capacidad tecnológica: servidores, redes, chips, centros de datos, sistemas de inteligencia artificial y energía.
Una no puede desarrollarse plenamente sin la otra.
La nueva materia prima del poder
Durante la era industrial, las grandes potencias construyeron su poder alrededor del acero, el petróleo, la maquinaria y la capacidad de producción.
En el siglo XXI aparece una nueva materia prima:
el conocimiento.
Pero el conocimiento por sí solo tampoco alcanza.
Una universidad puede formar excelentes investigadores y, sin embargo, un país puede continuar dependiendo de infraestructura tecnológica extranjera.
Una empresa puede desarrollar un algoritmo extraordinario y no disponer de capacidad informática suficiente para entrenarlo.
Un Estado puede poseer científicos de primer nivel y depender de chips fabricados en otros continentes.
Por eso la nueva soberanía tecnológica exige integrar conocimiento e infraestructura.
La neurona necesita una red.
Inteligencia artificial: el nuevo campo estratégico
La inteligencia artificial está modificando la economía, la defensa, la administración pública y la competencia internacional.
Los países que lideran esta transformación concentran empresas, capital, talento, infraestructura informática y capacidad industrial.
Pero existe un componente que muchas veces queda fuera de la discusión pública:
la IA necesita una enorme infraestructura física.
Necesita procesadores.
Necesita electricidad.
Necesita refrigeración.
Necesita centros de datos.
Necesita redes de comunicaciones.
Necesita grandes cantidades de información.
Detrás de cada sistema aparentemente intangible existe una arquitectura material.
La llamada economía digital depende, en última instancia, de territorio, energía e infraestructura.
La batalla por los semiconductores
Los chips constituyen uno de los componentes fundamentales de esta nueva economía.
Están presentes en teléfonos, vehículos, sistemas industriales, equipamiento médico, satélites, sistemas de defensa y centros de datos.
Por eso la producción de semiconductores dejó de ser un asunto exclusivamente comercial.
Se convirtió en una cuestión de seguridad nacional.
La competencia tecnológica entre Estados Unidos y China demuestra hasta qué punto el control de estas cadenas de producción puede modificar el equilibrio estratégico.
Los países que dependen completamente de proveedores externos quedan expuestos a decisiones tomadas fuera de sus fronteras.
El territorio vuelve a importar
La revolución digital parecía indicar que la geografía había perdido importancia.
Ocurrió exactamente lo contrario.
La geografía volvió a adquirir valor.
Los centros de datos necesitan lugares con disponibilidad energética, conectividad, seguridad, agua y condiciones adecuadas para su operación.
Las redes necesitan cables.
Los cables necesitan rutas.
Las redes eléctricas necesitan generación.
Y todo el sistema necesita estabilidad.
La economía digital tiene territorio.
¿Qué significa esto para Argentina?
Argentina posee varios elementos que pueden adquirir un enorme valor estratégico.
Tiene recursos energéticos.
Tiene agua.
Tiene capacidad científica.
Tiene universidades.
Tiene profesionales.
Tiene territorio.
Tiene producción de alimentos.
Tiene litio.
Tiene potencial para desarrollar nuevas infraestructuras digitales.
Pero disponer de esos elementos no garantiza soberanía.
El desafío consiste en conectarlos.
La energía debe alimentar industria.
La investigación debe transformarse en innovación.
La innovación debe convertirse en empresas.
Las empresas deben generar capacidades productivas.
Y esas capacidades deben formar parte de una estrategia nacional.
Formosa y la nueva geografía digital
Esta transformación permite volver a mirar la cuestión de Formosa desde otra perspectiva.
La provincia puede ser analizada no solamente por su posición fronteriza o por su relación con Paraguay.
También puede ser observada en función de la nueva economía de la infraestructura.
Agua.
Energía.
Territorio.
Conectividad.
Proximidad con corredores regionales.
Acceso al sistema fluvial.
Estos elementos pueden adquirir valor en un mundo donde la infraestructura digital necesita cada vez más recursos físicos.
Esto no significa que cualquier territorio con agua o energía se convierta automáticamente en un polo tecnológico.
Significa que existen condiciones geográficas que pueden ser evaluadas estratégicamente.
La pregunta es si esas condiciones serán aprovechadas mediante planificación.
La neurona humana
La infraestructura no reemplaza al conocimiento.
Puede multiplicarlo.
Pero la verdadera capacidad estratégica continúa dependiendo de las personas.
Ingenieros.
Científicos.
Programadores.
Técnicos.
Investigadores.
Docentes.
Emprendedores.
La soberanía tecnológica comienza en la formación.
Por eso una política tecnológica seria no puede limitarse a comprar equipamiento.
Debe formar personas capaces de comprenderlo, desarrollarlo y eventualmente reemplazarlo.
La neurona y la infraestructura
La relación puede resumirse de manera sencilla:
Conocimiento → innovación → tecnología → infraestructura → capacidad estratégica.
Si una de esas etapas se rompe, aparece una dependencia.
Un país puede tener excelentes universidades pero carecer de industria.
Puede tener industria pero depender de tecnología importada.
Puede disponer de tecnología pero no producir los componentes críticos.
Puede poseer energía pero exportarla sin desarrollar cadenas de valor.
La estrategia consiste en conectar los eslabones.
Análisis Crivisqui
La gran disputa del siglo XXI no será solamente por territorios.
Será también por la capacidad de pensar.
Los países que produzcan conocimiento y controlen las infraestructuras necesarias para convertirlo en tecnología tendrán mayores márgenes de autonomía.
Los que solamente consuman tecnologías desarrolladas por otros quedarán sujetos a decisiones externas.
Por eso la soberanía tecnológica no puede reducirse a una cuestión informática.
Es una cuestión nacional.
La Argentina necesita formar a sus nuevas generaciones, fortalecer sus universidades, desarrollar ciencia aplicada, proteger sus infraestructuras críticas y construir una industria tecnológica capaz de competir.
Y necesita comprender que la revolución digital no eliminó la importancia del territorio.
La multiplicó.
Porque detrás de cada algoritmo existe una máquina.
Detrás de cada máquina existe energía.
Detrás de cada infraestructura existe territorio.
Y detrás de toda capacidad tecnológica existe, finalmente, una sociedad capaz de producir conocimiento.
La soberanía del futuro comenzará donde se encuentren la inteligencia humana y la infraestructura capaz de convertirla en poder.